Cuando empecé, pensé que para aportar valor tenía que volverme técnico lo antes posible: objetos, campos, permisos, automatizaciones, integraciones, APIs. Todo ese idioma que al principio parece una pared.
Y sí, hay que aprenderlo.
Pero en proyectos reales entendí algo que cambió mi forma de verme: Salesforce no vive solo en la tecnología. Vive en empresas, equipos, ventas, servicio, operaciones, reuniones, excepciones y decisiones que casi nunca caben limpias en un diagrama.
Antes de Salesforce pasé más de 20 años en el mundo de la venta, tratando con clientes, equipos y stakeholders. Eso no me convertía automáticamente en consultor Salesforce senior. Pero sí me daba algo importante: contexto de negocio.
Sabía escuchar una necesidad que todavía no estaba bien formulada. Sabía detectar cuándo una solución sonaba bonita pero iba a romperse en la operativa. Sabía que la gente usa Excel aunque exista un CRM. Sabía que un proceso mal entendido acaba creando más trabajo, no menos.
Ese contexto cuenta.
Un buen consultor no solo configura. Pregunta, ordena, traduce, prioriza y ayuda a que la herramienta encaje con la realidad de la empresa.
Field Service me encajó especialmente por eso: porque baja Salesforce al terreno. Técnicos, citas, órdenes de trabajo, movilidad, planificación, urgencias, cliente final y operación real. Ahí la tecnología no puede vivir en una torre de marfil. Tiene que funcionar.
Salesforce se aprende. El criterio de negocio se entrena con años de realidad.
La clave está en saber unir las dos cosas.
No venía de IT. Venía de escuchar clientes, entender empresas y sobrevivir a procesos reales. Eso también cuenta.